24 enero, 2020

¡Resiliencia no, justicia sí!

Foto de Gerardo Edgar

Hace unos días pude escuchar tres historias de abusos sexuales contra niñas, contadas por alguno de sus familiares. El primer caso sucedió en un kínder de Metepec, Estado de México, en el que una niña de tres años fue violada. Un adulto le introdujo los dedos en sus partes íntimas y por eso le daba miedo ir al baño. Ahora dicen que el caso se encuentra en investigación y que el profesor ha sido retirado de sus labores en la institución.

El segundo caso se refiere a una niña de 12 años con discapacidad. También sucedió en el Estado de México. Uno de sus tíos le pidió que acariciara sus partes íntimas y las besara. Cuando le dijo a sus padres, ellos denunciaron el abuso, pero él huyó. No lo han podido encontrar para que cumpla su sentencia. Esa situación rompió lazos familiares y a ella la mantiene alerta.

El tercer caso es de una niña de 16 años, que fue violada por uno de sus tíos a los 10 años de edad. A ella no le creyeron, aunque todo mundo sabe que su comportamiento cambió desde ese suceso. Ahora es más tímida y casi no le gusta hablar con nadie. La violación se ha convertido en un secreto de familia, mientras ella debe hacer frente a la complicidad de sus familiares. Es obvio que percibe a todos como posibles enemigos. Encubrieron al agresor y ahora ella carga en sus hombros la vergüenza de su violación.

¿Por qué los abusos, violaciones y explotación sexual contra niños y niñas se han vuelto parte de la cultura mexicana? ¿Por qué se ha normalizado tanto hacerles daño? ¿Cómo puede un niño o niña, superar (si es que se puede alguna vez) un abuso sexual? Algunos dirán que con terapia, y claro que sería una opción, pero ¿eso es suficiente? ¿Un daño tan profundo se puede sanar? ¿Qué sucede con quienes no tienen la fortuna de tener alguien con quien platicarlo, que les crea y les brinde apoyo constante?

México ya es el primer lugar en abuso sexual infantil –de 33 países-, con cuatro millones y medio de casos al año, según un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Se calcula que una de cada cuatro niñas y uno de cada seis niños sufren violación. De mil casos de abuso, sólo 100 se denuncian, y de estos, 10 van a juicio y sólo uno llega a condena. Es decir, hay un 99% de impunidad, según información de un artículo de investigación publicado por Animal Político. Las cifras dicen mucho, pero la ley ni siquiera considera al abuso sexual de niñas, niños y adolescentes como un delito grave. ¡Absurdo!

En casos de abusos contra niños, sucede lo mismo que con los abusos, acoso y violaciones contra las mujeres. Lo primero que hace la familia o la sociedad es dudar de su palabra, antes de exigir la investigación correspondiente. ¿Por qué no se les cree? ¿Porque son niños, niñas y “su palabra no vale”? ¿Porque los adultos además de abusarlos sexualmente, los revictimizamos al convertirlos en seres perversos, al considerar que mienten y quieren perjudicar a su tío, primo, profesor, padre, amigo de la familia, etc.?

¿Acaso no nos damos cuenta que el secreto de familia, lo único que hace es guardar los dolores en el armario?

Pero la violencia contra ellos no termina ahí. Además de dudar de lo sucedido y estigmatizar al menor como un ser que inventa cosas, se le pide que si lo que dice llegara a ser verdad, sea resiliente y supere lo que ha sucedido. He llegado a escuchar a madres que dicen, incluso, “no entiende lo que le hicieron”, “cuando sea grande no lo recordará”. Puede ser que no lo recuerde, claro, aunque en los casos que he tenido la oportunidad de escuchar, los niños y niñas abusados a pesar de su corta edad, sentirán los efectos de ese acontecimiento doloroso durante toda su vida.

¿Cómo se puede pedir a un niño o niña que lo supere, que ya hable con los demás, que salga de su ensimismamiento, que ya no consuma drogas, que deje de ser violento con los otros, que busque algo con qué distraer su mente? ¿Cómo se le puede pedir todo eso a la víctima, antes de exigir justicia por lo que le hicieron y trabajar como sociedad en la prevención de ese delito? ¿Por qué en México hemos preferido normalizarlo, a atacarlo con todas las armas posibles? ¿Por qué pedir resiliencia antes que justicia? ¡No lo entiendo!

Aunque no es un término nuevo, en los últimos años, se ha puesto muy de moda hablar de resiliencia, proceso que permite a ciertos individuos desarrollarse con normalidad y en armonía con su medio, a pesar de vivir en un contexto desfavorecido socioculturalmente y a pesar de haber experimentado situaciones conflictivas desde su niñez.

En la resiliencia destaca lo positivo de la adversidad, al no permitir que las situaciones difíciles afecten psicológicamente la vida cotidiana, ya sea desde un enfoque individual, familiar o cultural.

Y bueno, se escucharía adecuado pensar positivamente la adversidad cuando es producto de una catástrofe natural, pero ¿qué sucede cuándo las causas de ciertas tragedias o adversidades tienen un origen claro, una cara y nombre? ¿Cabría hacer el mismo énfasis en la resiliencia, cuando las causas y los actores son fáciles de identificar, cuando sabes que quien te lastimó fue un allegado?

Las cifras indican que en la mayoría de los casos los abusadores son familiares o personas cercanas al entorno de las niñas o niños. ¿Cómo se puede evitar que eso les afecte psicológicamente a los menores, si el enemigo duerme o ha dormido en casa? ¿Cómo evitar que los lazos familiares se fracturen, que desconfíen de las personas que se les acercan, que recuerden lo sucedido y se sientan vulnerados?

No, señores y señoras, antes de pedir resiliencia, antes de pedirle a las y los abusados que lo superen, tenemos que pedir que se deje de ejercer el poder que los adultos hemos asumido sobre los niños y niñas.

Que se deje de violentarlos de una vez por todas, que gritemos los abusos cada que sea necesario, que les creamos lo que nos cuentan, que antes de mandarlos al psicólogo les demos abrazos de comprensión y cariño, sin juzgarlos. De esa manera, tal, vez, se podría poner la primera piedra para la reconstrucción de sus vidas. ¡Les debemos esa compañía!

Niño, niña: ¡Yo te creo!

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