Antimonumentos: símbolo de duelo social

No más a la impunidad y al olvido

Por Gadiel Alcaraz Gil / Especial

Con 525 feminicidios cometidos del 31 de julio de 2015 – cuando se decretó la alerta de género en 11 municipios de la entidad- al 30 de octubre 2020, el Estado de México enfrenta un duelo social, al que los gobiernos locales y federales son indolentes, pues no han hecho nada por implementar las políticas públicas ya existentes para frenar la violencia contra las mujeres en el país.

Desde el discurso oficial se minimiza este tipo de delito y cada caso se presenta como un número más, aunque este sea el principal problema para niñas, mujeres y adolescentes.

Este Día Internacional contra la Violencia de Género no hay nada que celebrar pero sí resaltar las injusticias a las que se enfrentan las víctimas y familias de las víctimas de feminicidio por parte del Estado Mexicano que no les da una atención integral para que puedan obtener, entre otros derechos, la reparación del daño.

Para dejar precedente de la inacción gubernamental, -tomando como antecedente la Antimonumenta de la Ciudad de México, la cual es símbolo de memoria colectiva a las víctimas de feminicidio en México- colocamos tres antimonumentos en memoria de Diana Velázquez, Eugenia Machuca y la menor Fátima Quintana.

No podemos dejar que los nombres de estas mujeres que tenían proyectos y sueños, algunos de ellos enfocados a tener una sociedad más unidad y justa, desaparezcan. No al olvido, no a la indolencia. Las mujeres, adolescentes y niñas tienen derecho a la no repetición; derecho a que estos crímenes no se repitan. Nos resistimos al silencio y al olvido.

Lidia Florencia, Elizabeth Machuca y Lorena Gutiérrez, madre de Diana, hermana de Eugenia y madre de Fátima, respectivamente, se han enfrentado a procesos judiciales interminables, pues tal parece que en el Estado de México la justicia es un lujo.

De ahí la importancia de los antimonumentos. Estas piezas no solo representan una lucha social sino que invitan a la sociedad a estar conscientes de lo que pasa en el país y están ahí para, de una forma pacífica, exigir al Estado la urgencia de erradicar todo tipo de prácticas violentas contra las mujeres, niñas y adolescentes. De hacer justicia, de hacer valer los derechos de las mujeres a una vida libre de violencia, a la libertad de expresión; el derecho a la asociación y a la protesta.

Con su edificación se busca coadyuvar a la reparación del daño, en el concepto de no repetición y en la memoria de la sociedad. Estos lugares, además, son de resistencia a la impunidad y de punto de reunión para los grupos vulnerados.

A diferencia de los monumentos que se construyen por el Estado y para conmemorar figuras históricas, los antimonumentos representan un espacio para el duelo social. El Estado de México está marcado por la experiencia dolorosa de la violencia feminicida, una realidad que las autoridades se niegan a reconocer.

Este Día Internacional contra la Violencia de Género hay que cambiar el color naranja -que representa el rechazo a la violencia contra las mujeres y niñas-, por el color negro, pues aunque se guarda la esperanza y el optimismo de lo primero, en la entidad acontece la violencia dejando muertas por doquier.

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